Futbolistas nacionalizados. El moderno eterno debate

Vestir la camiseta de una selección nacional es algo parecido a un matrimonio: en el momento que te comprometes con una de ellas ya no tienes opción de cambiar. Vestirás esos colores “hasta que la muerte” o quizá mejor la retirada, os separe. En la práctica significa que la FIFA viene estableciendo que existen una serie de reglas que determinan las posibilidades de que un jugador no nacional en un principio del país al que pretende representar, pueda llegar a hacerlo observando ciertos criterios:

  • Como es obvio, podrá hacerlo si ostenta entre otras, la nacionalidad del país o Asociación en la que juega.
  • Si su padre/madre, abuelo/abuela, o combinación de ambas personas, nacieron en el territorio en cuestión.
  • Si ha residido en el país durante un periodo de al menos cinco años desde que cumplió la mayoría de edad.

Cuando se cumple cualquiera de esas posibilidades se abre la vía de la internacionalidad a los que se conocen en el fútbol como los “nacionalizados”. Cierto que es un debate que está muy de actualidad, pero no es menos cierto también que es uno de los debates más antiguos del fútbol profesional. Desde aquella Selección de Italia de 1934 rellena de argentinos nacionalizados por orden de Mussolini hasta más recientemente Diego Costa en España, el debate sigue abierto y muy vivo.

Son muchos los interrogantes que la utilización de jugadores nacionalizados plantea. Hay que partir de la base de que el fútbol se encuentra entre los deportes más sobreprotectores en esta faceta. No en vano, existen ejemplos en otras disciplinas deportivas que serían concebidos casi como un escándalo en el mundo esférico. Véase el caso de la Selección italiana de fútbol sala que ha llegado a convocar a más brasileños que italianos para competiciones oficiales, o la Selección española de rugby con más de diez hispanofranceses en el XV titular. El fútbol once, en su categoría de deporte rey, mantiene más reservas al respecto, principalmente a través de cupos y las mencionadas restricciones.

En España, descontando los tiempos de Kubala, Di Stefano y compañía en los que incluso el primero llegó a jugar en tres selecciones distintas, los últimos tiempos han conocido a varios jugadores, la mayoría de ellos brasileños en origen: Donato, Catanha, Marcos Senna, que han tenido cierto protagonismo, principalmente éste último en la Euro 2008 pero quizá ha sido Diego Costa el que ha elevado el debate un peldaño por encima, sobretodo por ser quizá el único de ellos del que se esperaba algo más, ser un referente en un momento delicado en el que España carece de una referencia arriba como había tenido hasta ahora.

Sin embargo, las cosas no han salido como se esperaban, ni a nivel de juego ni a nivel de resultados. En el caso del hispanobrasileño se han escrito ríos de tinta que no han hecho sino desembocar en océanos tras el escaso resultado de su elección. Y por ello se plantea de nuevo la idoneidad de elecciones así por encima de posibilidades más locales. Es un debate espinoso y complicado que cae con facilidad en el terreno de lo extradeportivo. Todavía se recuerdan las recientes palabras de Jack Wilshere, jugador del Arsenal, respecto de la posibilidad de seleccionar al belga de origen Adam Januzaj con Inglaterra (que por cierto es seleccionable con Bélgica por nacimiento, Albania por ascendencia, Turquía por sus abuelos, Serbia por la disputa territorial que existe con Kosovo, el lugar de nacimiento de su padre, y con el propio Kosovo si algún día es admitido por la FIFA): “Tenemos que recordar qué somos. Somos ingleses. La selección inglesa debería estar formada sólo por ingleses. Si tú has vivido en Inglaterra durante cinco años, para mí, eso no te hace inglés. No debería jugar”. Al margen de la identidad nacional, una selección se compone de los mejores jugadores que, en opinión de su seleccionador, puede disponer. Pero, ¿dónde se encuentra la unión o separación de una cosa u otra? Y no son pocos los países que conviven con ello. Alemania nutre sus filas con asiduidad de jugadores de origen tanto turco: Ozil, Khedira, Gundogan, como polaco: Podolski, Trochowski o su máximo artillero, Miroslav Klose. O Francia, que por su historia colonial reciente, nutre sus filas de jugadores de origen norteafricano: Zidane, Djorkaeff, Desailly, Vieira etc.

En ambos casos, el debate es siempre muy vivo aunque sin llegar a los tintes que, en ocasiones, ha alcanzado en Italia en donde los sectores más conservadores o, por qué no decirlo, fascistas de los tiffosi, han manifestado en varias ocasiones su rechazo a los jugadores no oriundos como por ejemplo Balotelli, Amauri u Osvaldo, mediando motivos poco éticos. Pero volviendo al ámbito deportivo, al jugador nacionalizado se le suele exigir un extra que constituye ese “favor” de conseguir la posibilidad de jugar en una selección que por pasaporte no le correspondería. Justo o no lo cierto es que suele constituir una conditio sine qua non para poder enfundarse la camiseta. Así se vio en España recientemente. Diego Costa no pudo dar en la Selección el nivel que atesora en el Atlético de Madrid, cuando incluso era más que evidente su poca adaptación al juego del Equipo nacional. Ello unido a la aparente obsesión por su convocatoria puso en el disparadero al jugador, a del Bosque y a la Federación de forma evidente e innecesaria. La cuestión era por tanto pensar en si tal vez existía la posibilidad de no rizar el rizo en exceso tirando de la nómina de jugadores nacionales. Al no optar por ello la herida sólo se hizo mayor.

Lo interesante de un post sobre esta temática es el debate que genera, imposible de cerrar pues ambas posibilidades; nacionalizados o no, generan suficientes argumentos a favor y en contra. Como ya he dicho, en España siempre funcionaron hasta fecha reciente (un total de cuarenta jugadores a lo largo de su historia) pero en un país con unas bases y unas categorías inferiores tan numerosas y suficientemente dotadas de talento, el debate es imposible de cerrar definitivamente, y así va continuar con total seguridad.

Como curiosidad final, añadir que entre las grandes selecciones mundiales sólo Brasil y Argentina suelen guardar con mucho celo el origen nacional directo de sus jugadores convocados.

DAVID ABELLÁN FERNÁNDEZ

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