1996, el año infernal del Real Madrid que yo imaginé de otra manera

Michael Laudrup, la diestra de oro, jugó el 19 de mayo de 1996 su último partido en el Santiago Bernabeu

Hay que ver cómo pasa el tiempo. Recuerdo la primera vez que fui a un campo de fútbol un lejano 19 de mayo de 1996. Como madridista que soy sólo podía existír un destino lógico para perder la virginidad en el más sentido futbolístico: el Santiago Bernabeu. Allí me planté siendo apenas un crío de ocho años con una ilusión desbordante y aquella mítica equipación de Kelme con la publicidad de TEKA en el pecho. Por algún motivo me compraron una bufanda que aún pertenecía al sponsor Hummel. Vete a saber por qué, pero ahí sigue guardada como un tesoro añejo. El caso es que, una vez dentro, el Estadio respiraba años noventa por todos los costados, el lateral de Concha Espina aún sin cubrir, la grada baja sin asientos, todos de pie, (Algo prohibidísimo hoy en día por la FIFA) que permitía superar los cien mil espectadores, las mareas de gente que se agolpaba en las vallas cuando se lograba un gol etc.

Mi entrada estaba ubicada en el fondo norte. Enfrente campaban a sus anchas los Ultras Sur. Recuerdo a Cañizares, a Amavisca, a Laudrup, a Michel, a Sanchís. Recuerdo también mi desbordante alegría cuando “Cañete” paró un penalti al Mérida, cuando terminó el partido con un contundente 4-0 y cómo olvidar la despedida de Michel agachado besando el césped de la que había sido su casa durante doce años. Aquel día debió gritar un duro ¡Me lo merezco! después de tantos momentos complicados. Y pasados los noventa minutos, pitido final y sonrisa de oreja a oreja. Jugaba el Castilla, Real Madrid B entonces, frente al Almería pero no me quedé a verlo. ¿Cómo adivinar que aquel día jugaban Contreras o Sandro? Lo sé, daba igual.

Michel dijo adiós un 19 de mayo de 1996

Michel dijo adiós un 19 de mayo de 1996

Han pasado casi veinte años de aquello. Realmente sólo recuerdo de aquel partido, de aquella época, que me gustaba el Real Madrid y poco más. Me gustaba así, en su más pura concepción. Pero transcurridas dos décadas y, previa retrospectiva, es increíble ser consciente de todo lo que se movía en el madridismo de aquel momento congelado en mi cerebro como un bonito recuerdo y una gran victoria de “mi” Real Madrid. Lo cierto es que aquella campaña 95/96 es posiblemente la peor de la historia reciente del equipo. La temporada vio transcurrir hasta tres entrenadores en el banquillo. Empezó Jorge Valdano en dupla con Ángel Cappa, pero lejos de reeditar los éxitos del año anterior, se comió las uvas por un pelo y a finales de enero fue destituido tras una tenebrosa noche en el Santiago Bernabeu y un gran Rayo Vallecano que con doblete de Guilherme, su mítico delantero, asaltó el estadio blanco. Le sustituyó sobre la marcha un casi inédito entonces Vicente del Bosque, y posteriormente tomó las riendas Arsenio Iglesias, conocido por llevar al Super Depor de Bebeto y compañía a los mejores años que se habían vivido en Coruña hasta esa fecha. Resulta que el bueno de Arsenio se comió un marrón de dimensiones bíblicas al intentar mantener a flote a aquel Real Madrid. Ese lejano 19 de mayo de 1996 había ya un espectador de excepción en el palco del Bernabeu, Fabio Capello. Inaudito. ¿Se imagina alguien a Carlo Ancelotti sentado al lado de Florentino Pérez mientras Mourinho apura sus últimas jornadas como entrenador? Pues eso…

Y sí. Resulta que aquel Real Madrid que yo sólo sabía que ganaba con solvencia al Mérida, andaba en los pozos de la indolencia, el desgobierno más absoluto con un Ramón Mendoza que salió corriendo dando carpetazo a diez años de presidencia después de haber sido reelegido meses antes en unas elecciones oscuras como la boca del lobo en donde se sospechó de todo, amaños incluidos cómo no. Ganó a un tal Florentino Pérez por cierto. Mientras, Lorenzo Sanz aguardaba ya en la sombra.

Y aquella victoria que me pareció una fiesta, fue simplemente un fuego de artificio, una concatenación de cuatro victorias consecutivas que catapultaron al Real Madrid… de la octava plaza a la sexta… la peor clasificación de los últimos cuarenta años. Antes se había esfumado la Copa del Rey a las primeras de cambio frente al Espanyol (Por cierto, tres días antes de la fatídica noche frente al Rayo que le costó el puesto a Valdano), el Depor había dado una buena lección en la Supercopa de España y en Champions League (Sí, por fin, cinco años llevaba el Madrid sin jugarla, quién lo diría hoy una cosa así) fue una desgracia tras otra. El Ajax dio una lección de fútbol en el Bernabeu y posteriormente la Juventus del joven Del Piero les eliminó en cuartos de final. Dos rivales de entidad, dos derrotas. Aquel Real Madrid no daba el nivel suficiente.

La temporada terminó con un 0-1 en la Romareda frente al Zaragoza y el último lío a manos de Raúl González, sustituido en el minuto 88. El delantero increpó en público a Arsenio Iglesias y antes de marcharse al vestuario, Mariano García Remón, segundo entrenador, le espetó un duro “¿Pero quién te crees que eres, niñato de mierda?”. Raúl sería sancionado con un millón de pesetas por ello. El 7 madridista tuvo unos comienzos complicados en lo que a disciplina se refiere y que ya comentaremos algún día.

A todo esto, mientras tanto, a pocos kilómetros de Concha Espina, el Atlético de Madrid realizaba una de las mejores temporadas de su historia y ganaba la Liga y la Copa del Rey, ¡El doblete! Tiempos felices para Jesús Gil y la parroquia rojiblanca.

Qué distinto fue todo a como yo lo percibí entonces, cada gol, cada subidón, la alegría y la ilusión de un niño pequeño que sólo entendió lo que vio y sintió, sin saber que el blanco era bastante negro en realidad.

DAVID ABELLÁN FERNÁNDEZ

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