A propósito de un 9. Paolo Rossi

El fútbol a menudo puede parecer algo banal, un simple entretenimiento, e incluso un completo aburrimiento. Pero al contrario, como no, estamos los que disfrutamos de este deporte, de la satisfacción que produce, de ese nudo en la garganta que provoca un resultado adverso, un penalti en el último minuto, un gol imposible, un gol injusto, un gol que vale un título, un gol que vale la alegría de millones de personas. Y es que es eso mismo, el gol, el objetivo final de los veintidós jugadores que custodian el terreno de juego. Hay goles intrascendentes y goles que pasan a la historia. Y con ellos, sus propios autores los cuales se permiten el lujo de dejar su propia impronta.

Paolo Rossi no fue una excepción. Poseía todas las cualidades del verdadero nueve, siempre en el sitio adecuado en el momento adecuado, oportunista como ninguno y, sobre todo, sinónimo de gol. Como reconocería Enzo Bearzot, seleccionador italiano, tras el Mundial de 1982, si no llevaba a Rossi al Torneo no tendría a su disposición a otro jugador tan oportunista en el área. Y es que la historia de Paolo Rossi, “Pablito” como sería conocido tras su actuación en el Mundial de Argentina de 1978, vino salpicada previamente por un importante caso de amaño de partidos descubierto en Italia denominado el escándalo Totonero que a punto estuvo de terminar con su carrera deportiva con tan sólo 22 años de edad y en franca progresión como jugador.

Y así, en esa situación tan poco favorecedora, llamó a las puertas del Mundial de Fútbol de 1982, el Mundial de la decepción española, el Mundial de Naranjito, el Mundial de los grandes estadios de cemento, el Mundial del empate frente a la desconocida Honduras o el Mundial de la sonrojante derrota frente a Irlanda del Norte tras el gol de Gerry Amstrong fruto de una mala salida de Arconada. Mientras todo ello ocurría y España firmaba la peor clasificación de una selección anfitriona en toda la historia de los mundiales (Con permiso de Sudáfrica recientemente), ¿Qué hacía Paolo Rossi con Italia? Pues la verdad, nada de nada. Un fantasma en el campo como dirían los mordaces medios italianos. Repescado tras dos años sin jugar un solo partido tras la sanción impuesta por su supuesta implicación en el arreglo de un partido entre su entonces equipo el Perugia y el Avellino en 1980, su sorprendente convocatoria y, aún peor titularidad indiscutible, pusieron de uñas a la afición y a los medios de comunicación italianos. Cambiemos su nombre por Francesc Fábregas o Fernando Torres y la Selección italiana por la española y encontraremos más similitudes de las que creemos. Nueve, falso nueve… Estos debates son tan antiguos como el fútbol mismo.

La cuestión radica en llegar en el momento adecuado, en el partido adecuado, en el lugar indicado, como todo nueve puro. Y ahí apareció Paolo Rossi definitivamente en el antiguo (y demolido ya) Estadio de Sarriá, abarrotado, tras haber jugado tres partidos en todo el año con la Juventus, y otros cuatro partidos en el Mundial donde no había anotado todavía e Italia había cosechado decepcionantes resultados (tres empates en la fase de grupos). Hasta su dorsal parecía esquivo con su propia demarcación, el 20. Mal asunto cuando tienes delante a uno de los mejores combinados de Brasil de todos los tiempos con gente tan “desconocida” como Falcao, Zico o el excelentísimo profesor Sócrates. Selección además que curiosamente jugaba con un centro del campo infinito, lleno de centrocampistas creativos y sin aparente nueve. Pura magia combinativa. Recomiendo encarecidamente a todo aficionado al fútbol que se moleste en hacerse unas palomitas y disfrutar del partido que supuso la explosión del gran Paolo Rossi.

En aquel césped Paolo llegó, vio y venció. Tres goles como tres soles, tres lecciones de delantero nato. La primera: centro colgado al área por Antonio Cabrini que Rossi remata de cabeza de forma inapelable ante la impotencia del arquero brasileño Valdir Peres. Era el 1 a 0. El comienzo de la pesadilla para la selección de Brasil. Tras conseguir empatar la canarinha, Toninho Cerezo trata de cambiar la orientación del juego desde el propio campo y ¿Quién intercepta el pase, corre hasta la frontal del área y fusila la red? Otra vez él, la pesadilla Rossi. El segundo. Tras conseguir empatar nuevamente la verdeamarelha, resultado que les valía para continuar en el Mundial, llegó el culmen de su actuación. Otro centro que pone desde el córner Bruno Conti es rechazado por la defensa, cae a los pies de Tardelli que empalma el balón sin pensarlo dos veces aunque con poca  fuerza y Rossi, más listo que la defensa y libre de marca cambia la dirección del balón y culmina su gesta personal. El tercero. Hattrick para la historia.

Ese día para muchos no ganó el fútbol, más bien perdió Brasil y ganó Rossi. Cuestión de opiniones. Un partido para el recuerdo que muchos califican como el mejor de la historia de los mundiales. Pero no quiero detenerme aquí pues aun le quedaba a Paolo Rossi tocar el cielo con los dedos y para ello aguardaba en semifinales la, por aquel entonces, potente Selección de Polonia liderada por un tipo de pelo rizado y bigote, Zbigniew Boniek, llamado a ser compañero del propio Rossi meses después en la Juventus en donde además se convirtió en un ídolo de la afición y Campeón de Europa de infausto recuerdo en 1985 en Heysel compartiendo equipo por cierto con el citado Rossi, Tardelli, Cabrini y un genio del fútbol llamado Michel Platini.

Aquel 8 de julio de 1982, en el Camp Nou apenas lleno a media entrada, Polonia sabía que no iba a ser como en la primera fase en donde ya se habían medido a Italia con un rácano 0-0 final. Sabían que tal vez la moral y calidad de Rossi podía ser un problema. Y lo fue. Por partida doble. Una jugada que en las repeticiones parece insultantemente fácil. Centro al área de Antognoni que Rossi sólo tiene que empujar a la red que tiene enfrente suyo. Uno de esos típicos goles de nueve que sólo tienen que dar un ligero toque para hacer que el balón entre. Tan sencillos a veces que olvidamos que para ello hay que estar en el lugar indicado en el momento adecuado. Cuántas veces habré visto a Raúl hacer eso. 1-0.

Y en el minuto 73 otra vez volvió a suceder. Balón que recupera Cabrini en el centro del campo para iniciar un contraataque, Conti se marcha por la banda izquierda y la pone perfecta para que Rossi fusile de cabeza a la red. No tocó el balón en toda la jugada pero siguió la carrera de sus compañeros y se colocó donde debía para rematar a puerta. Ya estaba hecho, aguardaba la final y Paolo había marcado los últimos cinco goles de su Selección.

Se dice a menudo que un futbolista no puede pasar a la historia si sus gestas personales no se complementan con un título de primer nivel que lleve su sello. Creo que nadie discutirá que el Mundial de 1982 fue el Mundial de Rossi pero ni que decir tiene que faltaba algo todavía ¿Os imagináis que Maradona no hubiese ganado el Mundial de 1986? Pues algo parecido podría predicarse de aquello.

Para ello nos ubicamos en el día de la rúbrica, de la guinda del pastel. La gran final en el Santiago Bernabeu (Que hoy día nos costaría reconocer a los más jóvenes). El 11 de julio saltaba al campo Italia, probablemente ya favoritos al título. Pero para discutir dicha afirmación también pisaba el terreno de juego la temida República Federal de Alemania que venía de derrotar en penaltis y con mucho sufrimiento a Francia en semifinales. Nombres de primer nivel nutrían sus filas: Schumacher, Littsbarski, conocidos de la hinchada madridista como Stielike y Paul Breitner y en punta el gran Karl-Heinz Rummenigge, del cual el que escribe es gran seguidor.

Fue un partido de poder a poder entre dos grandes selecciones. No obstante, nadie discute que Italia siempre fue mejor y planteó un partido difícil para los teutones que nunca tuvieron oportunidades reales de alzarse con el triunfo final. Tardó en llegar el gol (Cabrini había fallado un penalti en la primera parte) pero en el minuto 57 una vez más, y en total eran seis en todo el Torneo, apareció Rossi para cabecear un balón puesto desde la banda derecha por Gentile. Era el 1-0 y marcaba definitivamente el camino hacia la cumbre. Pocos minutos después Tardelli, en una jugada al más puro estilo del tiki taka español, remató con la zurda un balón que Schumacher no tuvo tiempo ni de ver y puso el segundo en el marcador que resultaría el mazazo casi definitivo para Alemania que de todas formas llegó poco tiempo después en un contraataque en donde Altobelli, el espigado delantero del Inter, libre de marca regatea al portero y pone la puntilla con el tercero. De nada sirvió el postrero gol de consolación anotado por Breitner que ni tan siquiera fue capaz de esbozar una pequeña sonrisa.

3-1 y final. Arnaldo Coelho, el colegiado, toca el silbato y la squadra azzura se proclama Campeona del Mundo por tercera ocasión igualando entonces los títulos de Brasil que no alzaba un Mundial desde 1970. Rossi ya es historia del futbol desde ese mismo instante. Todos aquellos que le criticaron en su momento pasaron automáticamente a alabarle y reconocer su labor. Su indiscutible actuación en la fase final del Campeonato y su liderazgo fueron fundamentales y le otorgaron el Balón de Oro, el trofeo al mejor jugador europeo, la Bota de Oro del Mundial y el trofeo al mejor jugador del Torneo. Todo ello en un mismo año.

No hay sólo un futbolista en el Olimpo de este deporte, de eso no hay duda, pero sí que es cierto que no hay tantos, y Rossi tiene su hueco por méritos propios. Y treinta años después de aquello, la leyenda sigue viva. Todo ello a propósito de un 9 que pasó de villano a héroe haciendo lo que mejor sabía: marcar goles.

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