Raúl González, o cómo ser grande con pequeñas cosas

Hay un problema. Bueno, dos. Si estás leyendo y sientes un ligero cosquilleo, aunque sea breve: uno, ya no eres un niño. Y dos, en efecto, ya no volverás a ver a Raúl en un terreno de juego. Cualquiera de las dos opciones seguro que deja un regusto amargo pero nada es eterno, ni siquiera la carrera del último gran genio salido de la cantera del Real Madrid (Bueno, y del Atleti no olvidemos). Y eso que tantos años en el terreno de juego se me antojan ahora casi como un suspiro.

El caso es que el 15 de noviembre colgaba las botas Raúl González Blanco y decía adiós definitivamente a los terrenos de juego dejando atrás más de 1000 partidos oficiales y más de 400 goles. Ahí es nada. Y lo hizo ya lejos de su hogar, de Concha Espina, de Cibeles, lejos de los focos, en un último golpe de genio enfundado en la camiseta de un equipo con cierta aura mística de otra época como es el New York Cosmos, en el también lejano, al menos desde aquí, Shuart Stadium de Nueva York. Y con un título, para variar, el número 22 de su carrera dejando a los neoyorquinos como nuevos campeones de la NASL, algo así como la segunda división del soccer estadounidense.

Resumir la vida y obra de Raúl González es cómo mínimo difícil, y seguro que aquí innecesario. Otros lo harían mejor que yo seguro. Pero… qué gran jugador. ¿Más técnico que por ejemplo Ronaldinho? Para nada. ¿Mejor goleador que por ejemplo Cristiano, Henry o Ibrahimovic? puede que no. ¿Rápido? ni fu ni fa. ¿Entonces? Entonces… simplemente Raúl. Casi tan complicado como resumir su carrera deportiva es pretender definirle con una sola palabra. Un jugador distinto, difícil de encontrar, bueno en todo pero superlativo en nada, carente de pocas cosas, limpio en el juego, diplomático y agradecido con el rival, de talante humilde, poco amigo de los escándalos y con un espíritu de sacrificio encomiable.

Raúl junto a Zamorano el día de su debut en Primera

Raúl junto a Zamorano el día de su debut en Primera

Un jugador que empezó, además, siendo un chavalín diestro y producto de la cantera del Atlético de Madrid por influencia familiar. Vivir para ver. Una lesión en su pierna buena y una mala decisión de Jesús Gil propició que pocos años después ese chico de la ya cantera madridista, sorprendiese de tal manera a Jorge Valdano que no dudó en hacerle debutar en primera un 29 de octubre de 1994 en La Romareda. Eso no lo recuerdo, yo era un crío, pero sí recuerdo la maravilla que se sacó de la zurda la semana siguiente cuando se estrenó como goleador frente al Atlético de Madrid. Aquella rosca que debí ver en Fútbol es Fútbol o en algún informativo de entonces, iba a marcar tendencia en el fútbol sólo que ninguno lo sabíamos todavía.

Tras apenas cuatro años desde su debut, Raúl levantaba la ansiada Séptima al cielo de Amsterdam. Era titular indiscutible, había recuperado su físico tras varias lesiones inoportunas derivadas de una molesta pubalgia y las acusaciones de su aparentemente mala vida nocturna habían quedado atrás. Era ya sin duda el alma y uno de los referentes de aquel Real Madrid. Para los que vivimos con ilusión futbolística aquellos años del P.C Fútbol, Raúl era una constante referencia. El gol de rosca imposible a Ablanedo frente al Sporting, aquella espuela y vaselina a la Real Sociedad, el aguanís frente al Vasco da Gama que valía por una Intercontinental, la cuchara sobre Ruud Hesp en el último minuto y un largo etc. Raúl podía ser muchas cosas pero sobre todo, era momentos, era flashes de genio, era el regate imposible, el gol sin ángulo, era el momento mágico, el aparecer de la nada. Si el equipo le necesitaba, siempre estaba de una u otra manera. Aquel Madrid no se concebía sin su aportación diaria y eso que aun seguía siendo casi un chaval.

Con la llegada en 2000 de Florentino Pérez, el equipo se transformó en “Galáctico” y Raúl en capitán poco después. Sin embargo, pese al brillo estelar de aquel equipo de los Figo, Ronaldo, Zidane y compañía, el 7 blanco siempre fue el terrenal, el crack de perfil bajo, indispensable en el campo pero alejado de todo lo no relacionado con su vida deportiva. En 2002, en lo alto de su carrera, le robaron de forma injusta el Balón de Oro que cayó finalmente en manos del pujante jugador británico Michael Owen.

Por diversos motivos, y marcado por la inestabilidad en el banquillo blanco, su juego decayó, junto con el de todo el equipo y en 2005 llegó su puntilla: se rompió el menisco externo y parcialmente el cruzado en un partido contra el Barça. Aquella lesión le mantuvo fuera durante cinco meses y ya no volvió a ser el mismo. Al año siguiente, tras un desastroso partido de España frente a Irlanda del Norte, Luis Aragonés dejó de convocarle en una de las decisiones más controvertidas que recuerdo y que, sin embargo, sentaron las bases de la Selección para años venideros. Cosas del fútbol.

Lo cierto es que en su carrera hay dos momentos muy diferenciados: una primera época entre su debut y 2002, marcada por el éxito a nivel nacional y mundial, y los años posteriores a la Novena, en los que algo dejó de funcionar, tal vez la edad (algo lógico en todo deportista), tal vez la pérdida de autoconfianza… En 2010, Raúl con todo el dolor de su corazón y del madridismo más sincero, hizo las maletas. Cuando todos pensábamos que sería blanco eternamente, la irrupción de Cristiano Ronaldo, la poca confianza de Pellegrini y de Mourinho, su fría relación con Florentino Pérez, el runrun mediático y sobre todo, el desencanto de un sector del Bernabeu,  insatisfecho por su rendimiento, provocaron lo impensable, que finalmente dejase el Real Madrid, y no por la puerta grande. Y quiso además el destino que su último partido fuese frente al Zaragoza en La Romareda y que la última vez que tocase un balón de blanco fuese para marcar un gol, lesionado.

Tarde llegaría su reconocimiento en Concha Espina y, con demasiado gusanillo de fútbol picándole en la cabeza y el corazón, a Raúl le dio tiempo para convertirse en ídolo del Schalke 04 que llegó incluso a retirar su dorsal como homenaje. Después llegaría Qatar y finalmente Nueva York ya lejos de los focos y las grandes portadas del fútbol mundial.

La estrella de Raúl se fue apagando quizá demasiado pronto y una cierta dejadez del Real Madrid enfriaron lo que debía haber sido un reconocimiento en toda regla que, al menos, llegaría en el Trofeo Santiago Bernabeu de 2013. Ahora el “eterno capitán”, el “eterno 7”, siempre con el calificativo de eterno, y hasta ahora con razón, ha colgado las botas con 38 años y una mística a sus espaldas, algo que no se gana sólo con ser bueno o malo, majo o antipático, chistoso o aburrido.

Un jugador ya de otra época, de los que apenas quedan, respetado incluso por sus máximos rivales. Un referente que llenó deportivamente la infancia y adolescencia de muchos chavales  como yo y que ahora nos damos cuenta del paso del tiempo cuando vemos que, después de tantos años, casi toda una vida, literalmente, se acaba su carrera. Raúl es ya, por si no quedaba claro, un símbolo del madridismo, seas o no aficionado del Real Madrid, aquel chico que un buen día fue capaz de lo impensable: callar al mismísimo Camp Nou…

DAVID ABELLAN FERNÁNDEZ

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