Con S de Series. The Walking Dead

Sin título

“The Walking Dead” es la serie más vista en la historia de la televisión por cable en EE.UU. ¿Por qué? Sin duda, por muchas razones. Entre ellas, su espléndida puesta en escena, su familia de personajes y, por supuesto, sus zombies. ¡Muchos zombies! Robert Kirkman –el creador de la serie y del cómic que la inspira- nos presenta un mundo apocalíptico en el que tras una epidemia incontrolada, la humanidad ha quedado reducida a pequeños grupúsculos de hombre y mujeres que luchan por sobrevivir en un mundo plagado de zombies –“los caminantes”- en el que, sin embargo, quizá lo más terrible no son esas espantosas criaturas sino los propios humanos.

Uno de los factores más interesantes de la serie es el juego de personalidades y psicologías que representan cada uno de los diferentes personajes: El líder dubitativo (Rick); el buen rebelde (Daryl); el anciano sabio (Hershel)… Sin embargo, aunque el retrato de cada uno de ellos pretende ser más elaborado, lo cierto es que su configuración a lo largo de la serie es demasiado rígida y, por ende, demasiado evidente. Es verdad que la serie busca presentar en ellos una combinación diversa de claridad y oscuridad, la máxima típica de “No hay nadie bueno ni nadie malo”, pero ese objetivo no se consigue, y el espectador acepta rápidamente a determinados personajes como “Los buenos” y a otros como “Los malos”.

Por otra parte, otro elemento clave de “The Walking Dead” reside en los “shocks traumáticos” que la serie reparte durante las diferentes temporadas. “Shocks traumáticos” que, evidentemente, consisten en muertes y que ha llevado incluso a que la productora promocione la serie con el lema “¿Quién será el siguiente?”. Este recurso, que puede ser útil para mantener la dinámica de los capítulos, resulta de nuevo demasiado obvio y poco perfilado, y convierte al espectador en un ansioso impaciente más pendiente de ver quién y cuándo morirá que del hilo argumental de la producción.

Pese a lo anterior, quizá el mayor pecado que comete “The Walking Dead” es retratar su esencia hobbesiana (“Homo homini lupus”, “El hombre es un lobo para el hombre”) con, de nuevo y otra vez, demasiada obviedad. A ello contribuye, sin duda, la poca elegancia de la serie en la construcción de los personajes que mencionamos anteriormente, pero también una historia demasiado preocupada por demostrar que el “Estado de naturaleza” convierte al hombre en un ser instintivo y desalmado. La obviedad de este elemento convierte a la serie en previsible -¡Terriblemente, previsible!- y por ello, muchas veces, en aburrida.

En cualquier caso, “The Walking Dead” no es una mala serie. Es entretenida, tiene momentos de tensión (Los que la han visto recordarán especialmente la desaparición de Sophia) y de humor, y sus cliffhangers al final de casi todos los capítulos generan adicción. Pero más allá de eso  -y de los zombies, claro- la historia es obvia y poco trabajada. Quizá la cuarta temporada –recientemente estrenada- pueda servir para marcar un punto de inflexión y hacer de “The Walking Dead” un producto de mayor calidad a la altura del meritorio récord que tiene.

ÁLVARO PEREA GONZÁLEZ

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