El día que Luis Aragonés rozó la gloria europea

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No han sido días fáciles. El mundo del fútbol todavía está asimilando la marcha de Luis Aragonés (yo también) pero por lo menos, si de algo estamos seguros es que estará discutiendo de buen fútbol con otro grande que también nos dejó tristemente hace no mucho: el gran Manolo Preciado. Pero parafraseando a una famosa película: “Se nos conoce por nuestros actos” y por eso mismo es justo recordar un momento digno de hemeroteca que nos dejó una noche de 1974, una noche por desgracia triste para los colchoneros. En aquella ocasión, el Atlético de Madrid estuvo a un paso de levantar el trofeo más importante de su historia. Y Luis Aragonés tuvo mucho que ver en ello.

Nos remontamos al 15 de mayo de aquel año. Por primera (y única vez en su historia) el Atlético se disponía a jugar una final de la Copa de Europa, todo un hito para la Entidad. Era el tercer equipo español, tras Real Madrid y F.C Barcelona, que conseguía optar al máximo título continental. Pero el reto era complicado. Enfrente aguardaba el equipo más poderoso de Europa, el Bayern de Munich. Gerd Müller, Uli Hoeness, Franz Beckenbauer o Sepp Maier formaban la columna vertebral de una dura máquina alemana convenientemente engrasada por su no menos mítico entrenador Udo Latek que había prometido antes de la final ir caminando de Nuremberg a Munich si levantaban el trofeo.

Pero como no todo iban a ser alabanzas al equipo muniqués, el Atlético de Madrid, entrenado por el combativo argentino Juan Carlos Lorenzo, puso toda la carne en el asador con Luis Aragonés, Jabo Irureta y Gárate en punta acompañados de otros ilustres colchoneros como eran Ufarte, Heredia y Miguel Reina, padre de Pepe Reina. Un gran equipo sin ninguna duda.

A las ocho de la tarde, el colegiado belga Alfred Delcourt decretaba el comienzo de un partido que nunca pasó a la historia del fútbol en el sentido visual de la palabra, con dos rivales que se respetaron demasiado y apenas crearon ocasiones de gol terminando el partido con un empate a cero en el luminoso. Era entonces cuando tenía que llegar el momento de Luis Aragonés, un jugador de sobra conocido por su magistral golpeo de las faltas. La escuadra le esperaba y con ella, el máximo trofeo continental y, en efecto, por ahí entró el balón limpiamente ante la mirada atónita de Maier. Era el 1-0 y la Champions empezaba a poner rumbo al Calderón pero… Nadie podrá explicar jamás lo que sucedió aquella noche. Durante ocho minutos el Atlético fue campeón de Europa pero a sólo ¡45 segundos del final! Schwarzenbeck, libre de marca, empalmó un tiro raso desde fuera del área que sorprendió a todos, principalmente a Reina que no fue capaz de atajar el lejano balón.

Reina no había encajado un sólo gol en las rondas finales de la competición pero en el último instante recibió el único y más doloroso de todos los que podía encajar. El sueño había volado. ¿Y ahora qué? Las normas de la época no contemplaban nada más allá de la prórroga en una final (no existía la ronda de penaltis) así que debía jugarse un segundo partido de desempate.

Sólo en aquella ocasión se jugó una final de Champions a doble partido y el resultado desde luego no pudo ser más nefasto. El primer gol lo marcó el Bayern antes de jugar pues la mayoría de los aficionados atléticos pusieron rumbo a Madrid tras el primer encuentro dejando las gradas de Heysel repletas de aficionados bávaros. El resto de inconvenientes llegaron en forma de lesiones. Irureta no pudo superar la suya y Adelardo sufría fuertes molestias en el gemelo. Él debía marcar a Hoeness una de las piezas clave del conjunto bávaro, pero su estado físico no se lo permitió y cayeron dos goles suyos y otros dos aparte de Gerd Müller para un total de 4-0, todo ello aderezado con un arbitraje tremendamente parcial que no vio un claro penalti de Maier a Gárate ni tampoco el gol en fuera de juego de Müller entre otras muchas cosas.

Sea como fuere, ese día el Atlético de Madrid y nuestro protagonista Luis Aragonés se quedaron con la miel en los labios. Lo habían rozado con los dedos. Aquellos largos ocho minutos de esperanza se hicieron cortos en comparación con los cuarenta y cinco segundos que restaron para alzar la Copa de Europa. Una verdadera lástima. Vicente Calderón, presidente del Club dijo tras el segundo partido y visiblemente apenado que aquello “Estaba escrito” y comenzó a acuñarse entonces el tan temido apodo colchonero de “El pupas”.

No obstante, la suerte quiso devolverle algo de lo que le había birlado al Atlético de Madrid y a nuestro protagonista así que tan sólo un año después de la dolorosa derrota y en esta ocasión con Luis Aragonés como recién estrenado entrenador colchonero, el Club se vio en la posibilidad de disputar la Copa Intercontinental ante la sorprendente renuncia del Bayern de Munich a participar por incompatibilidad de fechas. No desaprovecharon la oportunidad y en una vibrante eliminatoria a doble partido frente al campeón sudamericano, Independiente de Avellaneda, el Título cayó en manos del Atlético ante un abarrotado Vicente Calderón. Ningún equipo hasta la fecha puede presumir de levantar este trofeo sin haber sido campeón de Europa.

Aquel día, Luis Aragonés empezó a escribir su carrera en los banquillos. No podía saber todavía el éxito aún mayor que le aguardaba en el futuro…

06-atletico-intercontinental-1974DAVID ABELLÁN FERNÁNDEZ

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2 thoughts on “El día que Luis Aragonés rozó la gloria europea

    • Por supuesto. Ya lo dicen las dos últimas lineas del post: “No podía saber todavía el éxito aún mayor que le aguardaba en el futuro…” Pero la historia de Luis con la Roja es demasiada compleja para desgranarla aquí. Quizá en otro artículo posterior.

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