El Dakar, ese sueño loco de Thierry Sabine

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“Me doy cuenta de que mi situación es incómoda, difícil. Dos días después no tengo ni brújula ni reloj, que se estropearon en una caída mientras trataba de hallar la ruta perdida. […] Son ya dos días y dos noches perdido en el desierto, bajo un sol que comienza a hacerme perder la razón. La total ausencia de sombra es una sensación opresora, que engendra un sentimiento parecido al de la claustrofobia. Entonces decido alejarme de mi moto. En calcetines y succionando las piedras para provocarme saliva, comprendo que mi vida vale cada vez menos. Y es entonces cuando prometo que si salgo con vida de esta experiencia barreré cuanto de superficial contenga mi existencia”

Thierry Sabine llevaba más de dos días perdido en mitad del desierto del Teneré, en algún punto de Libia. Que se encontrase en esa situación no era fruto de la casualidad. Competía por tercera vez en el rally Costa de Marfíl-Costa Azul a los mandos de su Yamaha XT 500 y las cosas se habían torcido notablemente. Perdido y sin víveres, las fuerzas empezaban a abandonarle. Pero Sabine no era así, no estaba dispuesto a dejarse vencer por el implacable desierto y dibujó una cruz gigante de piedras para marcar su posición. Quiso la suerte que su compatriota Jean Michel Siné volase por la zona abordo de su avioneta y salvase su vida.

De aquel infierno de arena y polvo Sabine quedó marcado para siempre pero no de la forma que cabría esperar: “El desierto me marcó profundamente y desarrolló en mí un instinto y una sensibilidad muy particulares. Y, sobre todo, unos deseos insuperables de volver. Pero, desde luego, ¡jamás volveré solo!”. Con esas palabras iba a tomar forma una de las competiciones más duras y especiales de la historia del automóvil: el Rally Dakar.

No era la primera vez que Sabine se introducía en el mundo de los raids. En 1975 ya había organizado el Enduro du Touquet para motos que llegó a alcanzar cierta notoriedad. También había participado directamente en las 24 Horas de Le Mans, en el Tour de Corse y en el Tour Auto. Pero no, algo cambió la mentalidad de Thierry en aquella prueba de 1977 con salida en Abidjan y llegada en Niza, el Rally Côte d’Ivoire/Côte d’Azur de 10.000 Km, creado por Jean-Claude Bertrand. En ese momento, decidió dejar la competición in situ para empezar a organizar el futuro Rally Dakar, una prueba que aglutinase competición y la esencia del desierto que descubrió en aquellos angustiosos días en el Teneré.

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Thierry Sabine poco antes de fallecer. Edición: Sonia Rozas Gilabert

Así, el 26 de enero de 1978 comenzaba la primera edición del Rally París-Dakar. Aquel día ochenta coches y noventa motos tomaban la salida y se cumplía por fin el sueño de Thierry Sabine. Y no era para menos. Sabine era extremadamente metódico, tal vez demasiado. Dedicaba dos meses al año para cartografiar in situ las rutas y pedir todos los permisos pertinentes a los países en los que se desarrollaba la prueba. Era omnipresente. Al fin y al cabo era “su” prueba, su sueño hecho realidad. Pero su afán finalmente terminó con su vida el 14 de enero de 1986. Aquella tarde, pese a las malas condiciones de visibilidad (estaba cayendo el sol), Sabine tomó un helicóptero para reconocer la ruta. El aparato no contaba con medios nocturnos para volar ni poseían autorización o plan de vuelo. Iban a bordo el propio Sabine, la periodista Nathalie Odent, el cantante Daniel Balavoine, el técnico de televisión Jean-Paul LeFur y el piloto François-Xavier Bagnoult. Tras auxiliar a un piloto en apuros, retomaron el vuelo (Pilotaba Sabine cuando no debía hacerlo, aunque este extremo es controvertido) siendo ya de noche el helicóptero chocó contra una duna de treinta metros y todos los ocupantes murieron en el acto. Cometieron el error de guiarse por los faros de un vehículo que precisamente remontaba esa duna.

La vida es caprichosa y el Dakar se llevó a su creador y a otros cuatro ocupantes. Por desgracia no eran ni los primeros ni los últimos que perderían su vida en esta prueba. Ya sea en África o en su actual ubicación, Sudamérica, varias decenas de pilotos y personas no vinculadas con la carrera han fallecido durante su disputa.

Pero como dijo el propio Sabine: “Un desafío para los que parten, un sueño para los que se quedan”.  El Lago Rosa del Dakar siempre tendrá un pequeño hueco para él.

DAVID ABELLÁN FERNÁNDEZ

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