La Historia pocas veces es justa

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Pocas veces la Historia es justa. Sus renglones albergan batallas pero olvidan a los que perecieron en ellas, tornándose crueles en silenciosa tumba para los vencidos. No hay gloria, laureles, ni champán. La Derrota no tiene hijos y la Victoria, habitualmente, demasiados padres. Mucho se escribirá en las próximas semanas, meses y años sobre LeBron James y el “Big Three” de Miami Heat. Sin duda, serán loas merecidas a un juego tan esquizofrénico como eficaz, tan anárquico como letal, pero no sería honrado olvidarse del deporte, desmerecer a los perdedores, o sumergir en el pozo del olvido a un San Antonio Spurs al que todos los que ahora callan daba como favorito antes del séptimo partido. Su baloncesto es, posiblemente, el mejor en táctica y estética de la NBA y su papel en esta épica final merece ser recordado.

Tanto Spoelstra, como por supuesto Popovich, sabían que las finales de la NBA son una guerra de trincheras donde importa tanto el plomo como la estrategia. Prueba de ello fue el primer partido en la Bahía de Byscaine: un ajustado 88-92 para los Spurs que dejaba claro –para los ingenuos que aún lo dudaban- que Duncan y compañía también conocen el sabor de la sangre. Miami no tardó en reaccionar, y en el segundo partido, equilibró la balanza con un maravilloso “Super Mario” –Mario Chalmers-, que fue revulsivo con 19 puntos. Gran exhibición de unos Heat en casa que, sin embargo, no podían ni imaginar que estaban en la antesala de uno de esos slaughterhouses tan conocidos en Texas. Sin motosierra y cara descubierta los Spurs aniquilaron y descuartizaron la defensa de Miami en un tercer partido en el que Danny Green, disfrazado de Leatherface (27 puntos) y Gary Neal con un psicótico lanzamiento de tres (24) desataron la locura de todo el AT&T Center (incluyéndose en el menú una exhibición de Tracy McGrady en los últimos minutos).

Con 2-1 en la eliminatoria a favor de los de San Antonio, éstos habían desperdiciado la oportunidad de consolidar el factor campo perdiendo 93-109. Empate de nuevo y las cartas sobre la mesa, Popovich no dudó. Partido agresivo, en el que tras un primer cuarto genial, y liderados por un Kawhi Leonard que merecería por toda su final un análisis individual, los Heat volvían a Miami con 3-2 preocupante y que desataba todo tipo de críticas hacia LeBron James. Con las espadas en todo lo alto y siendo cada vez más feroces las voces que presagiaban el derrocamiento del Rey, se abría un sexto partido que no pocos había convertido en un plebiscito: LeBron Sí, LeBron No.  La tensión se respira y el fantasma de la final con Cleveland ocupa su sitio en la banda. San Antonio golpea con fuerza, y apunto está de mandar a la lona a su rival. Sin embargo, en los segundos finales, otro Rey, esta vez el del Triple, Ray Allen anotó desde su posición favorita mandando el partido a la prórroga. Esto es la NBA y, sobre todo, esto es Baloncesto, un deporte donde el cielo y el infierno sólo se separan por medio milímetro, por media centésima de segundo. En la prórroga “The King” se reivindica (terminando el partido con otro increíble triple doble – 32 puntos, 11 asistencias, 10 rebotes-) y Miami salva un partido cuando las cintas para la celebración del título ya estaban colocadas alrededor de la pista.

3-3. Todo o Nada. La Bahía de Byscaine acoge el último y decisivo encuentro. Por San Antonio, el quinteto habitual: Parker, Green, Duncan, Ginobili y Leonard. Por los Heat: Chalmers, Wade, Bosh, Miller y Lebron. Los tres primeros cuartos, como era previsible, son igualados (18/16, 28/28 y 26/27). Sin embargo, algunos datos permiten adivinar que San Antonio está recibiendo mayor castigo. Danny Green y sus triples –al igual que en el penúltimo partido- han desaparecido; Parker, pese a un muy destacable primer cuarto, no consigue encontrar la inspiración en las penetraciones, y sólo la pareja Duncan-Leonard parece estar dispuesta a morir con las botas puestas. LeBron, con flotaciones a veces demasiado osadas de los Spurs, ya ha conseguido anotar cinco triples y su confianza es máxima. Miami está a punto de asestar el golpe final, y éste como un rayo llega a 27,9 segundos del final con un tiro en suspensión de Lebron que coloca el marcador en 92-88. Una diferencia mínima que se incrementa tras el fracasado intento de triple de Ginobili y a la correlativa falta de Duncan a Lebron. Éste no falla: 94-88. Finalmente, Wade –El inolvidable Capitán de los Heat- apuntilló a los texanos desde la línea de tiros libres: 95-88 y Miami campeón por segunda vez consecutiva de la NBA.

La Historia pocas veces es justa, y quizá –y sólo quizá- en esta ocasión tenga oportunidad de subrayar el importante papel que, como protagonista, jugó San Antonio Spurs en esta digna final. Las crónicas habituales enfatizarán en los campeones, glorificaran sus hazañas, y los abrirán las puertas del Olimpo, pero aunque recordemos las leyendas y nos olvidemos de los hombres, nunca dejemos de recordar que son el deporte y la competición las auténticas esencias del espectáculo. La Historia pocas veces es justa…Intentemos que esta vez lo sea.

Magnífica colaboración, cortesía de Álvaro Perea González

ÁLVARO PEREA GONZÁLEZ

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