El Tigre de Limonar. Javier Sotomayor

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Si hablamos de saltadores de altura no podemos dejar sin mencionar el nombre de Javier Sotomayor. Probablemente el mejor saltador de todos los tiempos, el “Tigre de Limonar”, como se le conoce en su Cuba natal, en donde es un ídolo, ostenta actualmente el record del mundo de salto de altura con una marca de 2,45 metros conseguida en Salamanca durante la celebración del Gran Premio de la Diputación. Su vida está llena de momentos dulces y momentos amargos ya que ha conquistado varias preseas en los Juegos Olímpicos, así como records mundiales, pero también ha sufrido algunos contratiempos, como la imposibilidad de disputar los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988 debido al boicot de Cuba a dichos Juegos, así como a diversos resultados positivos en controles antidopaje que le mantuvieron fuera de las pistas por algún tiempo y mermaron su rendimiento.

Nacido en la ciudad de Limonar, Matanzas, en Cuba el 13 de Octubre de 1967, Javier Sotomayor pronto desarrolló un talento natural para el salto de altura debido en buena parte a su estatura, que llegó a ser de 1,95 metros. A los catorce años, ya superaba los 2 metros de altura y esto fue observado por varios entrenadores, que vieron en él un futuro prometedor. Así, obtuvo una beca en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Deportivo de la Habana, en donde conoció a José Godoy, quien se convirtió en su entrenador y le ayudó en su carrera para conquistar numerosos logros. En 1986 obtuvo el primero de los mismos en los Campeonatos Junior celebrados en Atenas. Con un increíble salto de 2,36 metros se adjudicó la medalla de oro y el record mundial de dicha categoría. Tras la decisión de Cuba de no acudir a los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, el ánimo de Sotomayor no mermó, sino todo lo contrario. Sotomayor se daría cita en Salamanca en el Gran Premio de la Diputación para romper por primera vez el Record Mundial de Salto de Altura estableciendo una marca de 2,43 metros.

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Sotomayor no sólo dominaba el salto de altura en la modalidad al aire libre, sino también en la modalidad de pista cubierta. Así lo demostró en el Campeonato Mundial en pista cubierta celebrado en Budapest en 1989 en donde no sólo se proclamó campeón, sino que también estableció un record mundial en esta modalidad con la misma marca que había conseguido un año antes al aire libre, los 2,43 metros de altura. Ese mismo año logró batir el record mundial al aire libre en los Juegos Centroamericanos y del Caribe celebrados cerca de su natal Cuba, en Puerto Rico. Así, ante miles de aficionados de su país que se habían desplazado para ver a su compatriota hacer historia, estableció la marca de 2,44 metros, y el público estalló de alegría. El comienzo del año 1990 no fue grato para Sotomayor puesto que a una lesión que le mantuvo alejado de las pistas un buen tiempo se le añadiría posteriormente el triste fallecimiento de su entrenador José Godoy, que tanto había significado para él y con el que tantos logros había conseguido. Pasaría a ser entrenado por Guillermo de la Torre.

Javier Sotomayor reaparecería tras recuperarse de su lesión y lo haría a lo grande conquistando la medalla de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, con la mira puesta en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En los mismos demostró su superioridad para saltar más que sus rivales y adjudicarse el oro olímpico que cuatro años antes no había podido obtener. Con esta medalla en su haber, se entrenó duramente con el único objetivo de romper el record mundial que él mismo había establecido unos años atrás en Puerto Rico. El destino quiso que esto ocurriese en el mismo lugar en donde ya había alcanzado la gloria en 1988, que no es otro que el Gran Premio de la Diputación celebrado en Salamanca, en donde, ante la afición salmantina,  consiguió establecer una marca de 2,45 metros, la cual se mantiene actualmente imbatida. Ese mismo año también obtuvo el triunfo en el Campeonato del Mundo de Stuttgart.

A partir de este momento, sin embargo, las lesiones y el desgaste mental que suponía competir al máximo nivel durante tantos años mermaron su trayectoria. Tanto es así que en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 no pudo superar los 2,32 metros de altura y se tuvo que conformar con el undécimo puesto. Unos años más tarde, cuando parecía que el Tigre de Limonar estaba volviendo a ser el de antes, se dieron a conocer los resultados positivos de un control antidopaje supuestamente por consumo de cocaína que en ningún momento se llegó a demostrar. La sanción, que en principio iba a ser de dos años, se vio reducida a tres meses por una decisión de la Federación Internacional de Atletismo argumentando circunstancias excepcionales. Sin embargo, esto supuso para Sotomayor un menor tiempo para entrenar de cara a los Juegos Olímpicos de Sidney 2000. En estos Juegos conquistó la medalla de plata siendo superado únicamente por el ruso Serguei Kiugin. Al año siguiente, y con otro posible caso de dopaje rondando sobre su figura, en esta ocasión  por Nandrolona, el Tigre de Limonar decidió anunciar su retiro de las pistas en una rueda de prensa celebrada el 11 de octubre de 2001, fecha de su cumpleaños número 34. Comprometido con la situación de su país es considerado un héroe nacional y ha obtenido numerosas distinciones internacionales tanto por sus logros deportivos como por sus valores humanos, como el Premio Príncipe de Asturias que recibió en 1993.

 

ANDER JAVIER AGUIRRE CARRION

El día que un tipo saltó raro. Dick Fosbury

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El atletismo es para muchos la piedra angular de unos juegos olímpicos: Por tradición, por historia y aderezado por momentos increíbles (muchos, que dan para escribir bastantes lineas). Este sería uno más. En este caso, para poder entender completamente esta historia recomiendo ver primero el vídeo que se encuentra a continuación.

Lo se, no habéis notado nada raro. Lógico. Pero sólo decir que a partir de ese 20 de octubre de 1968 el salto de altura cambió para siempre.

Los Juegos Olímpicos de México dejaron algunos momento históricos del atletismo. En salto de longitud Bob Beamon desafió a la gravedad y antes de que se desatase una gran tormenta sobre el Estadio Olímpico, asombró al mundo con un salto increíble de 8,90 metros. Para comprobar tal hazaña, la plata fue para el alemán Klaus Beer con un salto de 8,19. En velocidad, Jim Hines paró el crono en los 100 metros lisos en menos de diez segundos por primera vez en todas la historia: 9,95. Y en salto de altura Dick Fosbury asombró al mundo con una nueva técnica de salto que le valió el Oro Olímpico.

Aunque pueda parecer extraño, en aquellos Juegos Olímpicos se introdujo un elemento que, pese a su obviedad, no había sido utilizado hasta entonces. La colchoneta. Hasta la fecha, el foso de arena esperaba pacientemente las caídas de los saltadores por lo que obviamente la técnica de salto quedaba muy supeditada al aterrizaje posterior. Nadie quiere competir a costa de dejarse la salud.

Lo cierto es que Richard Douglas Fosbury, más conocido como Dick, llevaba practicando su propia técnica de salto desde los dieciséis años al resultarle difícil imitar las técnicas convencionales de salto que se utilizaban en aquella época. A los veintiuno ya estaba totalmente perfeccionada y pronto recibiría el nombre de “Fosbury flop”. Su nueva técnica consistía en correr hacia el listón en dirección transversal y tomando una trayectoria curva, para una vez encarado el listón, saltar de espaldas al mismo con el brazo más próximo extendido y arqueando todo el cuerpo. Esta forma de saltar resulta más efectiva desde un punto de vista biomecánico, ya que permite dejar menos espacio entre el centro de gravedad del saltador y el listón a superar, con lo que se gana mayor altura.

En 1968, Fosbury ya comenzó a sorprender en los campeonatos universitarios estadounidenses donde se llevó el Título y posteriormente se clasificó para los Juegos Olímpicos ganando las pruebas de acceso. Aunque obviamente ya le habían visto competir con su técnica del “Fosbury flop”, todavía no había sido mostrada a los ojos del mundo. ¿El escaparate ideal? Las 70.000 personas del Estadio Olímpico  y las cámaras de medio planeta.

Fosbury optó por comenzar en 2,03 y los saltó sin problemas. La gente acababa de conocer de primera mano su revolucionaria técnica aunque como todo en la vida, había infinidad de escépticos que no confiaban en su efectividad. Dicho y hecho. Saltó a la primera 2,09, 2,14, 2,18, 2,20 y 2,22. Para cuando falló por primera vez un salto atacando los 2,24, ya se había asegurado la medalla de plata. Sólo su compatriota Ed Caruthers podía robarle el oro. Pero Dick seguía a lo suyo. Segundo intento sobre 2,24. Falla. Sólo le queda un intento, un intento que vale el oro, el Record Olímpico y la Marca Mundial del año. Entonces se prepara, mira fijamente el listón, aprieta los puños, se mentaliza, comienza la carrera, encara, salta, arquea el cuerpo y… ¡Lo consigue! ¡Ha saltado!

Un resultado realmente impresionante con una técnica nunca vista antes. Se quedó a cuatro centímetros del Record Mundial en manos del soviético Valery Brumel con 2,28.  Su técnica se extendió como la espuma y hoy en día nadie discute su efectividad. Fosbury por su parte, se retiró muy joven poco después al no clasificarse para los Juegos Olímpicos de Munich de 1972.

En verdad, no se le recuerda como el mejor saltador siquiera de su época pues posiblemente no lo era y sus marcas hoy día están ampliamente superadas (el Record Mundial se encuentra en manos del cubano Javier Sotomayor con 2,45 cm), pero lo cierto es que todas esas marcas se han realizado utilizando su técnica así que su contribución al salto de altura sigue siendo impagable.

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DAVID ABELLAN FERNANDEZ