Tanto en la vida como en el deporte…

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Con la llegada del nuevo año brotan siempre nuevos deseos y sentimientos para esta nueva etapa. En ese sentido, en un rato de tranquilidad he empezado a filosofar un instante sobre esos pequeños momentos que convierten el deporte en algo tan especial. De hecho, muchos de esos detalles son los que me animaron a crear y escribir en este blog.

¿Dónde está la línea entre la gloria y el fracaso? Esa diferencia entre convertirte en leyenda o en una simple jugada que alguien despistado verá unicamente en los highlights de un partido. ¿Reside ahí la grandeza del deporte? Pongamos un ejemplo. El balón cruza el aire rumbo al área. Es la única forma que tiene Roberto Carlos de zafarse de su marcador. Zidane espera en la frontal dispuesto a rematar el esférico. Lo mira medio segundo, arquea el cuerpo, remata en espectacular volea con la zurda y… ¡el balón se estrella en el travesaño! ¿Cómo? Gran oportunidad para el Real Madrid de romper el empate. Tras una prórroga muy disputada, Zidane falla su penalti y el Bayer Leverkusen gana la primera Champions de su historia.

Obviamente, eso nunca ocurrió. La volea de Zidane entró por toda la escuadra sin que Jorg Butt pudiese hacer nada, el Real Madrid ganó la novena y el gol del francés es de lo mejorcito que se recuerda en la historia de la Champions y contribuyó a hacer más grande su leyenda. A eso trato de referirme, a otra de las grandezas del deporte. Cuanto más consciente eres de que fallar te acerca al abismo, mucho más cerca se está de la gloria si lo logras. ¿Y si Stekelenburg le hubiera sacado el balón a Iniesta?.Y si el propio Iniesta hubiese mandado el balón a la grada?. ¿Y si Casillas no hubiera rozado aquel chut de Robben a pocos minutos de finalizar el tiempo reglamentario?. Algunos lo llaman la suerte del campeón. Yo creo que no es mala definición. Esa clase de suerte también existe. Que se lo pregunten a la propia Selección española: a Cardeñosa fallando clamorósamente ante Brasil en el 78, a Eloy en aquel fatídico penalti contra Bélgica en el 86, a Zubizarreta metiendo el balón en su propia portería en Francia 98, a Raúl mandando el balón a las nubes en aquel penalti contra Francia de la Euro 2000, a Joaquín marrando el penalti decisivo en los cuartos de final de Corea y Japón 2002. ¿Sigo? No hace falta.

Ahora es a la inversa. Las tandas de penaltis favorecen siempre a la Selección española, los delanteros rivales fallan ante nuestra portería, Casillas saca bajo palos un cabezazo de Rakitic que les habría eliminado en fase de grupos etc etc. Nunca faltó la calidad en la Roja, sólo consiguió cruzar al otro lado de la fina línea que le privaba de los grandes títulos.

Y así se puede hablar de infinidad de deportes. No se me ocurre una sola disciplina deportiva o de motor que no esté exenta de ese mismo razonamiento. Recordemos un momento mítico (pero a la vez desastroso) de nuestro deporte. A Carlos Sainz le aguarda la gloria a 500 metros de la meta del rally de Gran Bretaña. Todo marcha bien porque sólo necesita cruzar la meta, Tommi Makinen, su rival por el Campeonato, ha tenido que abandonar. Pero en ese mismo instante, una biela deja tirado a su Toyota Corolla. La imagen del “Trata de arrancarlo, por Dios” dio la vuelta al mundo y al corazón de todos los aficionados españoles. La suerte, el azar, gajes del oficio, cosas que pasan. Aquel día, Sainz pudo ser Tricampeón mundial y en vez de eso, se convirtió en el gafe por excelencia, arrastrando un sambenito que ni siquiera hoy, doce años después ha podido quitarse. Una dichosa biela marcó su carrera.

Canastas que no entran, canastas que entran en el último suspiro, derecha paralela que por medio centímetro bota en la línea y la pista de tenis se viene abajo en una ovación atronadora o derecha paralela que por medio centímetro bota fuera y el ¡Ohh! recorre toda la grada y se clava en los oídos del desgraciado tenista.

Creo que eso es lo bonito del deporte. Cada momento importa, que el deporte es como la vida misma. Que las oportunidades están ahí. En cada uno de nosotros está el lograr el objetivo soñado o simplemente acariciarlo con los dedos y saber que no siempre depende de nosotros mismos porque la suerte, el azar, es un gran aliado y también un enemigo muy poderoso. No siempre gana el mejor y no siempre pierde el peor. Todo es un bonito juego y la moraleja es: arriésgate. Esa es la clave. Si tiras a puerta seguramente fallarás, la mandarás a la grada, rebotará en un defensa, en el palo o la blocará el portero, pero no te preocupes porque si decides no chutar, jamás marcarás un gol. Que se lo pregunten a Zidane o a Iniesta.

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DAVID ABELLAN FERNANDEZ

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